Debido a nuestro natural egoísmo, pensar en el bien de los demás es algo tan difícil, que a veces se torna imposible. Escribir cosas buenas es muy común, uno lo puede ver, por ejemplo en Facebook. La gente expresa, ya sea de su propia vida o copiando de alguna página, ideas sensacionales, pero, en la práctica, pareciera ser que a los lectores lo que leyeron les entró por un ojo y les salió por el otro, parafraseando aquello que dice “les entra por una oreja y les sale por la otra”. Y para que se entienda mejor la idea, voy a recurrir a dos ejemplos comunes, nada más. Uno, el que todos alguna vez vivimos: ver en el piso tirada una cáscara de banana. Todos sabemos que si la pisamos caeremos al suelo o daremos tal resbalón que se nos pondrán los pelos de punta como un gato a la defensiva. Sin embargo, nadie hace por levantarla y tirarla en un tacho de basura cercano, o, por lo menos, si no hay tacho a la vista, patearla a un costado. No, la esquivamos. Al mejor estilo “Orteguita”, la gambeteamos y la cáscara sigue quedando quién sabe hasta cuándo en el piso. El otro ejemplo, es menos común, porque requiere de más de una persona, y, por lo tanto, es más difícil de concretar. Lamentablemente, en nuestro país es más fácil que la gente se una para hacer algo malo, que para hacer lo bueno. En una plaza de mi barrio, hay un asiento de cemento roto, cuyo respaldo está tirado en el camino hace más de dos meses. Sinceramente, yo no hago por levantarlo, por el sólo hecho de comprobar cuánto tiempo más puede estar eso obstaculizando el paso sin que algún o algunos peregrinos hagan algo para despejarlo. Va gente a limpiarla cada tanto, pero parece que nadie se da cuenta que eso no debe estar allí. Tal vez sea que tengan la idea de que corresponde levantarlo cuando se lo repare, no antes. Así las cosas, en las elecciones PASO, hubo un candidato que empapeló gran parte de la ciudad, diciendo: “Con tu voto superaremos la grieta”, nada menos. ¿Se sentirá Cirineo ese hombre?

Daniel E. Chavez

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